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Las Calles

Calle típica de Puebla de Guzmám, empedrada.
Calle típica de Puebla de Guzmám, empedrada.
calle con casas más modernas
calle con casas más modernas
empedrado de las calles a modo tradicional
empedrado de las calles a modo tradicional
Detalle pintura Sebastián García 'La Galapaguera'
Detalle pintura Sebastián García 'La Galapaguera'
El casino de Miguel
El casino de Miguel

Lo moderno y lo antiguo se combina armónicamente en las calles de este típico pueblo andaluz. Gruesos muros de piedra encalados a la vieja usanza, corrales o patios interiores llenos de macetas en los cuales no falta su pozo; rejas y, cubiertas con teja árabe predominan en el casco antiguo, mientras que las modernas construcciones poseen el encanto de lo simple. Los arcaicos empedrados de las calles realizados a mano y, los jardines llenos de flores, pueden resultar deliciosos al caminante que sepa descubrir y, saborear tranquilamente el encanto del paseo.

El crecimiento del núcleo de Puebla de Guzmán parte originariamente de la zona que rodea la Iglesia-Castillo, extendiéndose posteriormente hacia cotas inferiores hasta encontrar el camino de Paymogo y Villanueva de los Castillejos.

 

"Añoranzas de la Calle Serpa", escrito por M. Vallellano

"Los que peinamos canas y algunos ni eso, por mor de la calvicie, hemos sentido como una sacudida en nuestros interiores al ver demolerse el último baluarte de los casinos que fueron y le dieron prestancia a la peñera y señera calle Serpa. Estas tascas o bares, casinos le llamábamos aquí, constituían los lugares de reunión donde la charla y la cháchara alrededor de las copas y cafés servían de relajación a los lugareños después de las duras jornadas laborales en el campo o en la mina, en la industria o los servicios.

En el último tramo de la calle Serpa, en el que ahora se instalan las “cadenas” y antiguamente los palos atravesados, existían cinco casinos que le daban "ambiente" a las tardes-noches peñeras, porque eran donde paraban los caballistas a tomar las copas, que en aquellos tiempos sólo eran de vino y aguardiente, luego vinieron las cervezas y posteriormente ya todo.

El primero estaba ubicado en lo más alto de la calle Serpa, en lo que es hoy una ventana enfrentada con la puerta de la casa donde moran las hermanas Encarnación y Coronada González, era el denominado Media Botella, donde daban unas medias botellas de cristal transparente, por seis reales (1,50 pesetas), ahora que estamos en la época del euro, menos de un céntimo de euro, lo regentaba José el de la Media Botella.

Tenía pintado en la puerta a modo de sencillo jeroglífico una media de señora y al lado una botella, con lo cual se descifraba fácilmente el nombre del establecimiento. Este original anuncio fue realizado por el pintor Macedonio, que posteriormente ejecutó en la cúpula y crucero de la Ermita de la Virgen de la Peña unos frescos bastante bien conseguidos y que perduran todavía, la orla de las vidrieras de las dos Vírgenes hermanas también fueron de su autoría.

Pero volvamos a la calle Serpa y siguiendo el itinerario hacia abajo, nos encontrábamos con el que da motivo a este artículo, con un nombre muy sugerente “El Balneario”, que ha sido el último en sucumbir y Dios haya querido que en muchas ocasiones, cuanto más mejor, haya servido de “balneario” para paliar las penurias que nos tocó vivir. Como ha sido el último, lo hemos conocido todos y seguramente Antonio Rita que fue quien le bautizó con tan sugerente nombre, ya intuía que las propiedades del vino tomado con moderación naturalmente, son salud y medicina. Pues el vino aumenta la fuerza muscular, estimula el sistema nervioso, exalta la fantasía, hace lúcida la memoria, aumenta la alegría, alivia los dolores, destruye la melancolía y predispone a la euforia. Con esta vitola saludable, parece lógico que donde se consume vino sea un balneario.

Justo enfrente del Balneario en la otra acera se situaba “El Pianola” cuyo nombre venía de que el dueño había regentado anteriormente otro donde existía una pianola para amenizar los bailes, todos estos establecimientos tenían en común que los mostradores eran de madera, y este el de Pianola era como más selectivo socialmente, allí se reunían los agricultores y ganaderos, de ahí que la fina ironía del pintor García Vázquez lo rebautizara con el nombre de “La Galapaguerá”, pues sentados en la puerta tomaban o sol o el fresco los más afortunados en propiedades.

Sebastián García tiene un cuadro titulado precisamente La Galapaguera, donde lo dice todo, figuran repachingados en sillas de enea en la puerta del local y arriba un nombre “LA GALAPAGUERA”, término éste que muchos puebleños empezaron a usar desde entonces.

En la misma acera del anterior y donde hoy se ubica la Caja Rural del Sur, existía El Patrón, que era un caserón antiguo con unas lúgubres habitaciones detrás del mostrador alumbradas por unas bombillas de pocos watios (quizás fueran las pioneras de las discotecas actuales), en donde nos corrimos alguna que otra juerga cuyos elementos musicales eran, la guitarra de Azuaga y el tamboril y la gaita del "Pollo", ¡Qué tiempos aquellos!

Y el último de este tercer tramo de la calle estaba a no más de veinte metros del anterior y de la calle Serpa, sobre la calle Labradores, era el casino de Miguel, que su situación era la esquina de Labradores con la calleja Medrosa, había una coplilla cuya autoría según todos los indicios era de Benito “el Callao”, aquella figura enjuta y peñera con su sombrero de ala ancha y siempre cerca de un “aguaillo”, que decía:

El casino de Miguel
está puesto en una esquina
de frente está el mostrador
a la izquierda está la tina
y a la derecha el jamón.

El amigo Miguel era el único que ponía jamón de tapa en la Puebla, era un excelente cortador de jamón, con un arte y una maestría inusitada, él mismo contaba anécdotas de su oficio, una de ellas fue que venían los viajantes de comercio y como había pocos coches venían y se iban, en Damas y pernoctaban en la fonda “La Paquita” que estaba en la esquina de al lado, en la casa que es ahora de Fernando “Charratelo”, uno de ellos terminado su trabajo en los comercios se fue a tomar una copa al lado de la pensión. Póngame una copita de vino Miguel y una tapita de jamón, Miguel empuñó el cuchillo y le salió un papel de fumar, el viajante le pregunta, ¿cuántos jamones consume usted al año Miguel?, pues no sé, cuatro o cinco, a lo que el viajante te responde; pues será de restregarlos por el suelo y levantando la mano con la tapa suspendida continúa, pues le estoy viendo la cara a través de la tapa, y se reía estrepitosamente.

Miguel bebía a la par de nosotros y al final invitaba a su correspondiente ronda, a mi me llamaba Manolillo, quizás porque fuese el más joven, o uno de los más jóvenes, de sus clientes.

Recuerdo a Miguel con su cabeza senatorial romana y su filosofía aprendida durante muchos años detrás de un mostrador, que la Virgen de la Peña le haya ayudado a estar en buen sitio en el Cielo.

En el segundo tramo de la calle Serpa, o sea de Farmacia a Farmacia, también había otros dos casinos, uno justo frente a la Caja “El Monte”, lo explotaba Benito “Chinolo” y el otro, en la Farmacia de D. Simón, hoy regentada por su hija Caty, allí estaba el de Fallita, yo que nunca he sido capaz de beber sin comer recuerdo hasta con fruición las especialidades en tapas que ponían ambos, Chinolo unos sabrosos calamares rellenos con un palillo de dientes a modo de cosido y Fallita los suculentos pajaritos fritos.

También añoramos la calle Serpa porque en ella disfrutamos en nuestra adolescencia y juventud del paseo dominical y festivo de invierno en sus amplias aceras que aún perduran, el paseo veraniego era en la carretera de la Cebadilla, no nos molestaba ningún coche porque no los había, pero volviendo a la peñera calle Serpa, los domingos y fiestas de guardar que se decía, contactábamos con las chicas de nuestros amores y a hurtadillas alguna vez tocábamos su brazo o sus manos y nos sentíamos transportados a la gloria, porque sí, si existe la gloria de la mano de una joven y guapa puebleña. "